«Hijo mío sacerdote, cuida tus manos…»

Marta Temes y Manuel Candela son los padres de Manuel, uno de los 31 diáconos que el próximo 5 de mayo serán ordenados sacerdotes. A pocos días de la ceremonia, responden a unas preguntas.

En primera persona
Opus Dei - «Hijo mío sacerdote, cuida tus manos…» Marta Temes y Manuel Candela con su hijo, tras la ordenación diaconal.

Vuestro hijo será ordenado sacerdote en Roma dentro de una semana. ¿Cuáles son vuestros sentimientos?

Marta: Muchísima alegría, emoción y nervios… la verdad es que estoy muy nerviosa… (dice sonriendo) y mucha emoción al pensar que mi hijo va a ser sacerdote.

Cada día pedimos por su fidelidad y por su perseverancia, porque de alguna forma nos afecta a nosotros

Manuel: Estoy en “shock”, porque es tan grande el favor recibido en relación con el merecimiento. Todavía me estoy preguntando cómo lo voy a agradecer a Dios. Siento una alegría profundísima.

¿Qué significa para unos padres cristianos tener un hijo sacerdote?

Marta: Muchas veces me he preguntado en estos meses el porqué de nuestra suerte, ya que nuestro hijo -el único varón que tenemos-, va a celebrar todos los días la Eucaristía y a administrar los sacramentos. Dios nos ha mirado para que nuestro hijo sea su ministro en la tierra: para que pueda perdonar, bautizar, consolar, aconsejar y, sobre todo, traer a Jesús en la Eucaristía. No bastan las palabras para dar gracias a Dios.

Manuel: Cada día pedimos por su fidelidad y por su perseverancia, porque de alguna forma nos afecta a nosotros. Su ordenación no nos imprime carácter, pero sí unas obligaciones nuevas. O, mejor dicho, las mismas de siempre, pero con más fuerza. Seremos padres de nuestro hijo y padres de un sacerdote: nos sentimos urgidos a rezar por él continuamente.

Manuel, en un momento de la ordenación diaconal del pasado noviembre.¿Habéis estado toda vuestra vida esperando este momento? ¿Desde pequeño vuestro hijo ya “apuntaba maneras”?

Ahora comprendo que Dios llama también “en medio de una vida normal”

Marta: Jamás se me había pasado por la imaginación que el único hijo que tengo pudiera ser sacerdote. ¡Quizá está mal que lo diga! La primera vez que lo pensé fue cuando me dijo que se iba a vivir a Roma. Fue un día que vino a comer a casa. En ese momento me puse a llorar. Pero antes no lo había pensado: hacía su trabajo, le gusta salir con sus amigos, jugar al fútbol, llevar una vida normal… Ahora comprendo que Dios llama también “en medio de una vida normal”.

Manuel: Yo en cambio sí lo he pensado muchas veces desde que, el día de su bautismo, el sacerdote lo tomó en brazos, se acercó a la Virgen que tenemos en la parroquia, lo levantó en alto y se lo ofreció. Para mí aquello fue muy profundo, más de cómo ese ofrecimiento suele hacerse. Lo que sí tengo que decir es que me ha costado mucho atreverme a pedir la vocación al sacerdocio de mi hijo. Solamente en los últimos años me he atrevido a hacerlo. Es una cosa tan grande que la tienen que pedir más las madres que los padres, porque son más atrevidas. A mí me parecía pedir demasiado.

El diácono da la comunión a sus padres, Marta y Manuel.¿Cuál va a ser vuestro papel con respecto a su sacerdocio a partir de ahora?

Marta: Mi hijo tiene la gracia del sacramento y pido para que sea fiel, pero llevo una temporada pensando que necesita que sus padres recemos cada día más por él y estemos cerca. Por nuestra parte que no quede, vamos a pedir toda la ayuda que podamos a Dios, a los ángeles y a toda la familia que tenemos ya en el Cielo, para que sea un buen sacerdote. Mi hijo me necesita y me necesita cerca del Señor. Tengo que procurar no criticar, vivir la caridad… lo que nos dice el Papa Francisco en su última Exhortación Apostólica pues, aunque cuenta con toda la gracia del sacramento, le tenemos que ayudar.

Manuel: Rezar mucho. Todos los días y a todas horas.

Marta, hace un año y medio falleció uno de tus cuñados, al que estabas muy unida...

Marta: Hace más de un año falleció Augusto, un cuñado mío. Era mayor que yo, porque es el marido de una de mis hermanas mayores y yo soy la pequeña de doce. Él llevaba mucho tiempo en la Obra y era padre de dos sacerdotes. Cuando fui al hospital a despedirme de él, me preguntó: ¿qué quieres que le diga a la Virgen de tu parte cuando la vea? Le pedí que, si Manuel iba a ordenarse sacerdote, que fuera porque iba a ser un sacerdote santo. Si no, prefiero que no se ordene.

pedí a la virgen que, si Manuel iba a ordenarse sacerdote, que fuera porque iba a ser un sacerdote santo

Cuando san Josemaría comentó a su padre que quería entrar en el seminario, éste le aseguró que no se opondría a su vocación, pero le advirtió de la dureza del sacerdocio. Estas dificultades, ¿os pesan en el alma?

Marta: Sabemos que nuestro hijo no va a estar solo, porque en el Opus Dei tiene una familia. Entregó el corazón entero al Señor siendo joven, y siempre le hemos visto contento.

Manuel: A su madre y a mí nos asombraba que un crío tan pequeño, con 16 años, fuera frecuentemente a Misa a las 6.30 en invierno. Y se le veía feliz… El sacerdote tiene que estar así, contento, porque ya no vive para sí, todo es para los demás: su tiempo, su esfuerzo y su trabajo.

¿Qué consejos le habéis dado?

Marta: Que rece mucho y se agarre a la mano de la Virgen. Si está agarrado de su mano, nunca le va a pasar nada y será un buen sacerdote. Tiene una Madre en el cielo mucho mejor que la de la tierra.

Manuel: Yo no me he atrevido a aconsejarle nada todavía, pero sí le daría un consejo muy material: cuida las manos, porque a partir de ahora las necesitas para traer al Señor al mundo.

¿Y qué consejos os han dado a vosotros?

Marta: Un sacerdote me ha aconsejado en estos días que lea el Magnificat para dar gracias a Dios porque, salvando las distancias, ha hecho cosas grandes en mi familia. Hay unas palabras de un salmo que últimamente me vienen mucho a la cabeza: “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

¿Cómo acompaña el sacerdote a los de su familia?

Marta: El sacerdote en una familia podríamos decir que es una referencia moral. Da mucha paz tener una persona que reza por todos, que está pendiente y nos va a acompañar a nosotros cuando nos muramos. Tener un sacerdote en la familia es tener un pasaporte para estar más cerca del Señor, para los padres y para los hermanos también.

Manuel: Hay veces que no sabes cómo hacer para que los miembros de la familia estén cerca del Señor, pero los sacerdotes lo hacen con mucha naturalidad, incluso con personas que están muy alejadas, porque los miramos de otra manera. Tener un sacerdote compromete a la familia, nos invita a comportarnos de otra manera.

Marta: Desde hace un año, hay muchas personas que en distintos momentos me han dicho: ¡qué suerte tenéis! Dios os ha mirado con predilección y al único hijo que tenéis –pues a Manuel le siguen cuatro chicas- le ha dado la vocación sacerdotal, que es lo más grande que puede pedir una madre para su hijo.