La Semana Santa, en los discursos del Papa

Ofrecemos, a diario, extractos de las homilías que el Santo Padre está pronunciando con motivo de la Semana Santa.

Del Opus Dei

Palabras tras el Via Crucis (junto al Coliseo, Roma)

La Cruz del Señor abraza al mundo, su Vía Crucis atraviesa los continentes y los tiempos. En el Vía Crucis no podemos ser sólo espectadores. Estamos involucrados y tenemos que buscar nuestro lugar: ¿dónde estamos nosotros?

En el Vía Crucis no existe la posibilidad de ser neutros. Pilatos, el intelectual escéptico, trató de ser neutro, de quedarse fuera, pero precisamente de este modo tomó posición contra la justicia por el conformismo de su carrera. Tenemos que encontrar nuestro puesto.

En el espejo de la Cruz hemos visto todos los sufrimientos de la humanidad de hoy. En la Cruz de Cristo hemos visto hoy el sufrimiento de los niños abandonados, abusados, las amenazas contra la familia, la división del mundo entre la soberbia de los ricos, que no ven a Lázaro ante la puerta, y la pobreza de tantos que sufren a causa del hambre y de la sed.

Pero hemos visto también estaciones de consuelo. Hemos visto a la Madre, cuya bondad permanece fiel hasta la muerte y después de la muerte. Hemos visto a la mujer valiente que se presenta ante el Señor y que no tiene miedo de mostrar solidaridad por esta persona que sufre. Hemos visto a Simón de Cirene, un africano, que lleva con Jesús la Cruz. Y hemos visto finalmente en estas estaciones de consuelo que, así como no termina el sufrimiento, tampoco terminan los consuelos.

Hemos visto cómo en el camino de la Cruz, Pablo encontró el celo de su fe y encendió la luz del amor; hemos visto cómo san Agustín encontró su camino, san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, san Maximiliano Kolbe, la Madre Teresa de Calcuta, y así se nos invita a que nosotros encontremos también nuestra posición, a que encontremos junto a estos personajes grandes, valientes, el camino con Jesús y por Jesús, el camino de la bondad, de la verdad, de la valentía, del amor.

Y de este modo hemos comprendido que el Vía Crucis no es simplemente una lista de lo oscuro y triste del mundo, no es tampoco un moralismo en definitiva ineficiente, y no es un grito de protesta que no cambia nada; por el contrario, el Vía Crucis es el camino de la misericordia, la misericordia que pone un límite al mal, como hemos aprendido del Papa Juan Pablo II. Es el camino de la misericordia y de este modo el camino de la salvación. Nos invita a emprender el camino de la misericordia y a poner con Jesús un límite al mal.

Misa Jueves santo (Misa Crismal)

El Jueves Santo es el día en el que el Señor encomendó a los doce la tarea sacerdotal de celebrar, con el pan y el vino, el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su regreso. Al cordero pascual y a todos los sacrificios de la Antigua Alianza, le sustituye el don de su Cuerpo y de su Sangre, el don de sí mismo. De este modo, el nuevo culto se fundamenta en el hecho de que, ante todo, Dios nos ofrece un don, y nosotros, colmados por este don, nos hacemos suyos: la creación vuelve al Creador. (...)

Ser amigo de Jesús, ser sacerdote, significa ser hombre de oración. De este modo le reconocemos y salimos de la ignorancia de los siervos. De este modo aprendemos a vivir, a sufrir y a actuar con él y por él. La amistad con Jesús es siempre por antonomasia amistad con los suyos. Sólo podemos ser amigos de Jesús en la comunión con Cristo total, con la cabeza y el cuerpo; en la lozana vid de la Iglesia animada por su Señor. Sólo en ella la Sagrada Escritura es, gracias al Señor, Palabra viva y actual. Sin el sujeto viviente de la Iglesia que abarca las edades, la Biblia se fragmenta en escritos que con frecuencia son heterogéneos y se convierte en un libro del pasado. Es elocuente en el presente sólo allí donde está la «Presencia», donde Cristo sigue haciéndose nuestro contemporáneo: en el cuerpo de su Iglesia.

Domingo de Ramos

Jesús entra en la Ciudad Santa a lomos de un asno, es decir, el animal de la sencilla gente del campo, y además un asno que no le pertenece, que ha tomado prestado para esta ocasión. No llega en una lujosa carroza real, ni a caballo como los grandes del mundo, sino en un asno tomado prestado (...).

Ahora la gente lanza este grito ante Jesús, en quien ve quien viene en el nombre del Señor: la expresión: «El que viene en nombre del Señor», de hecho, se había convertido en la manera de designar al Mesías. En Jesús reconocen a quien verdaderamente viene en el nombre del Señor y trae la presencia de Dios entre ellos.

Este grito de esperanza de Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada a Jerusalén, se ha convertido con razón en la Iglesia en la aclamación a quien, en la Eucaristía, nos sale al encuentro de una manera nueva. Saludamos a quien en la Eucaristía siempre llega entre nosotros en el nombre del Señor uniendo en la paz de Dios los confines de la tierra (...).

Hubo un período --y no quedado totalmente superado-- en el que se rechazaba el cristianismo precisamente a causa de la Cruz. La Cruz habla de sacrificio, se decía, la Cruz es signo de negación de la vida. Nosotros, sin embargo, queremos la vida entera, sin restricciones y sin renuncias. Queremos vivir, nada más que vivir. No nos dejamos limitar por los preceptos y las prohibiciones --se decía y se sigue diciendo--; queremos riqueza y plenitud. Todo esto parece convincente y seductor; es el lenguaje de la serpiente que nos dice: «No os dejéis atemorizar! ¡Comed tranquilamente de todos los árboles del jardín!».

El domingo de los Ramos, sin embargo, nos dice que el auténtico gran «sí» es precisamente la Cruz, que la Cruz es el auténtico árbol de la vida. No alcanzamos la vida apoderándonos de ella, sino dándola. El amor es la entrega de nosotros mismos y, por este motivo, es el camino de la vida auténtica simbolizada por la Cruz.